Lo que vi y no vi en Rock Al Parque

A pesar de tener ganas de ir más días, sólo terminé yendo a la decimoséptima versión de Rock Al Parque en su último día y, en últimas, vi tres bandas. En esta entrada recojo, entonces, lo poco que vi, y lo que me quedé con ganas de ver.

Retroceder nunca, rendirse jamás, X

A Damon Albarn lo deben conocer, más o menos, unas tres generaciones que han experimentado de forma diferente su música.

De la hoja en blanco y otros terrores

Aparentemente, esto de escribir de la nada es complicado, y tener el espacio en blanco, tanto en un papel como en una pantalla, termina por asustar a cualquiera.

¿Romper el silencio?

Volviendo a abrir este espacio, quiero dejar un cuento que, por pura casualidad, me ha servido a varios propósitos durante las últimas semanas. Además de permitirme retomar a Kafka, me pareció metafóricamente muy rico, y espero que lo disfruten de la misma manera.

Un cambio en los vientos

Se ha armado tremendo revuelo por el Grammy que le dieron como grabación del año a ‘The Suburbs’, de Arcade Fire y, realmente, no es para menos.

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jueves, 9 de diciembre de 2010

Un 'leak' para leer con cuidado

Con la aparición de algunos cables salidos de la embajada estadounidense en Bogotá se ha creado bastante revuelo alrededor de la opinión del General Naranjo sobre las interceptaciones ilegales hechas por el DAS durante los últimos años. Sin embargo, no se ha dado mucha relevancia a otro cable que habría que considerar a profundidad.

En el 2004, hacia la mitad del primer período Uribe, el entonces embajador William Wood envió a Washington un cable refiriéndose a la situación de los tres estadounidenses secuestrados por las FARC, considerando su situación y las posibilidades de un rescate. Además de analizar las posibilidades de un diálogo conducente a su liberación y de la posición del gobierno colombiano frente a estos procesos, Wood sugirió la posibilidad de una solución alternativa liderada por el ejército de los Estados Unidos. El párrafo siete del cable dice:

7. (S//NF) Based on our analysis of the Colombian Military's training, equipment and tactics, the Colombian military is not capable of conducting a hostage rescue operation without endangering the lives of the hostages. President Uribe has told us he would allow a unilateral U.S. effort to release the hostages, and we believe the security forces -- with some ruffled feathers -- would accept his decision to do so. It is clear, however, given the likely remote location of the hostages when, and if a rescue is attempted by U.S. forces that some involvement of Colombian military is inevitable. The degree to which we can count on COLMIL participation will depend on the nature of our cooperation and our relationship with the COLMIL rescue units.

Bajo el título ‘Action Request’, es decir, solicitando una acción militar al respecto, continúa en el párrafo nueve:

9. (S//NF) The limited intelligence we get on the hostages seems to have a short life. We believe they are moved frequently, so intelligence on their whereabouts would be of limited value unless we could react instantly. Consequently, Post recommends that preparations begin for a U.S.-led operation that could act on intelligence quickly. Post also recommends identifying U.S. units that would take the lead in any rescue operation so we can begin familiarizing them with the area of operations. We should revise the rules of engagement for those U.S. forces specifically involved in hostage rescue so they can act effectively if actionable intelligence is collected.

Básicamente, se emitió una solicitud formal para la intervención de fuerzas militares extranjeras apuntando, en principio, a la liberación de los tres estadounidenses en poder de la guerrilla. Además, se partía del visto bueno presidencial para iniciar labores de inteligencia y rescate.

Aunque el problema de las interceptaciones ilegales hay que aclararlo, no creo que se deba obviar este aspecto. A partir del reconocimiento de la incapacidad del Ejército Nacional de liberar a los tres secuestrados en ese momento, se pretendió construir un operativo militar basado en fuerzas extranjeras. De ahí a otro tipo de intervenciones, o a bases militares, no hay mucha distancia.

No sé qué repercusiones tendrá este cable en particular. Supongo que ninguna, pues se dirá que fue hace seis años, que otras operaciones (hasta ahora) del ejército colombiano evitaron la necesidad de intervenciones extranjeras o que, como ya dicen algunos áulicos del gobierno anterior, estos cables no constituyen pruebas legítimas de absolutamente nada. El Tiempo, por ejemplo, hizo un resumen de los cables y no le dio mayor importancia a este punto.

Por el contrario, sí considero que son pruebas fundamentales de la responsabilidad política de la administración Uribe en términos de política exterior y de manejo del conflicto. No sólo se demuestra la relación de franca inferioridad frente a los Estados Unidos: también se pone en tela de juicio la efectividad de las fuerzas armadas colombianas a la hora de emprender operaciones que, un par de años después, les darían mucho renombre. Vamos a ver si salen más cables relacionados con estas operaciones.

Por ahora, creo que eso es todo. La frase de la semana, definitivamente, es ‘esperemos a ver qué pasa’.

Se escucha: Sedat - Sunrise

PS: Si algo llegara a pasarle al servidor de WikiLeaks y el cable deja de estar disponible, yo lo tengo guardado, si a alguien le interesa.
PS2: En la foto ven al embajador Wood, con el entonces ministro y ahora presidente Santos. No hay que olvidar que, tras salir de Bogotá, a Wood lo enviaron a Afganistán.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Las oportunidades del Cablegate

Una buena amiga me dijo esta semana que, luego de la publicación de los cables hecha por WikiLeaks, la labor de quienes estudiamos (¿o estudiábamos? Alguien acláreme eso, por favor) ciencia política había cambiado, y debía reorientarse a la lectura, clasificación y análisis de los documentos. Por supuesto, había una intención más que todo jocosa con el comentario. Sin embargo, creo que no hay que tomarlo tan a la ligera.

El ‘Cablegate’, como se ha llamado a la publicación de un cuarto de millón de documentos y cables enviados al Departamento de Estado desde sus embajadas en todo el mundo, ha puesto en discusión muchos principios de la acción diplomática que ha guiado las relaciones interestatales durante, por lo menos, todo el siglo XX y parte del XXI (puede que me equivoque, y acepto reclamos al respecto).

Pero, aparte de la cuestión diplomática, hay un debate adicional al respecto: buena parte de las discusiones que se están dando actualmente en los Estados Unidos tienen que ver con el carácter público de esta información de Estado, y la posibilidad de que esté disponible en Internet para que, literalmente, todo el mundo la lea (menos China, tal vez, pero a eso iré más adelante). En ese sentido, la discusión va más allá de si un embajador cree que Sarkozy es un gigoló. La publicidad de la información pone en tela de juicio los límites establecidos por los estados entre lo público y lo privado, y problematiza las relaciones entre los medios de comunicación, en el sentido amplio del término, y las esferas institucionales del poder político. Quid quo est.

¿Se debe censurar la información publicada por WikiLeaks? ¿Se debe hacer una campaña por la masiva desclasificación de los documentos demuestran las acciones concretas de la diplomacia estadounidense alrededor del mundo? ¿Se debe poner algún tipo de talanquera a estas iniciativas, permitiendo publicaciones parciales? Más que una cuestión de metodología, estas preguntas remiten a problemas más de fondo.

Sobre el tema, la Secretaria de Estado dijo esta semana: “What you see are diplomats doing the work of diplomacy: reporting and analyzing and providing information, solving problems, worrying about big complex challenges”. El artículo completo puede ser consultado aquí.

Y, en medio de todo, tiene razón. Es decir, no considero que se deba esperar otra cosa de los diplomáticos, encargados de construir relaciones interestatales que resulten ventajosas para sus países. Particularmente, en el caso de los Estados Unidos, es una completa ingenuidad creer que no sopesen psicológicamente a los líderes de otros estados, o tengan comunicaciones privadas con élites de algunos países. A eso se ha dedicado el gobierno estadounidense por décadas. Las implicaciones políticas de estas actividades son, por el momento, harina de otro costal. Por ahora, vale la pena únicamente ver que no es posible considerar una política diplomática desligada de este tipo de acciones por parte de su burocracia.

El peligro inherente a la información divulgada es un problema adicional. The Guardian ha publicado un breve artículo que resume las acciones que se han tomado desde el Congreso para controlar la divulgación de esta información. Yo soy un convencido del carácter completamente libre del Internet como medio de comunicación, y me encuentro completamente a favor de la liberación de contenidos. Entre otras, esa es una de las principales razones de existencia de este blog.

Pero, hasta hace un par de semanas, no era común encontrar mucha información sobre la diplomacia gringa mientras se navegaba despreocupadamente. Por supuesto, habían salido reportes y videos sobre las conductas de soldados en Irak, o sobre las condiciones carcelarias en Abu Grahib. El Cablegate, a todas luces, representa un proceso mucho más largo, que abarca a casi todo el planeta y que nos remite a sucesos de hace treinta años. Creo que ahí radica una diferencia importante.

Me parece que aún es pronto para afirmar con algún grado de certeza si la información publicada en realidad constituye un riesgo de seguridad para personas y estados. Pero hay que partir de un punto: la información ya es de público acceso, y no se le puede arrebatar tal carácter. Así el Departamento de Estado y el Congreso pretendan restringir el acceso al portal de WikiLeaks, o tildarla como una organización terrorista, o lo que sea que quieran hacer luego, no se puede obviar que la información ya fue conocida y puesta en discusión.

Entonces, ¿es labor de quienes estudian la política y las relaciones internacionales analizar y clasificar estos contenidos? Sí, por supuesto. Pero no es una labor que exclusivamente deban (¿o debemos? Sigo confundido) desempeñar “académicos” o “analistas”. Precisamente, el valor de la difusión pública de los documentos es que ha puesto en entredicho la separación entre asuntos de Estado y opinión pública. Relegar el análisis de su contenido a un grupo de cognoscenti sería desvirtuar este propósito básico, y poner más mediadores en una relación que, de por sí, ha sido bastante dilatada por diferentes fuerzas.

Creo que esta podría ser una oportunidad importante para reevaluar la relación entre información, medios y poder, además de servir como mecanismo para la creación de una opinión pública fuerte frente a unos asuntos políticos de los que ha sido excluida por largo tiempo. Aunque puedo estar rayando en un optimismo poco convincente, quisiera ver qué pasa en las próximas semanas al respecto. Me gustaría saber más opiniones al respecto.

Se escucha: Needles In My Eyes - The Beta Band

sábado, 6 de noviembre de 2010

De disfraces y discursos

En esta época post-Halloween, hay un disfraz que me gustaría poner en juicio: el de José Obdulio, vestido con una piel de leopardo. Tratando de emular posturas políticas y, sobre todo, figuras discursivas que aparecieron en la escena pública hace ochenta años, el intelectual del gobierno Uribe quiere ganarse un puesto que, tal vez de forma afortunada, había ido desapareciendo de los espacios de la política institucional en el país.

En los años 20, en un clima de renovación política y novedad intelectual, generaciones jóvenes empezaban a reclamar espacios de participación política, sobre todo desde la nueva clase media y las provincias. Así apareció un grupo conocido como “Los Leopardos”, políticos e intelectuales jóvenes quienes criticaban a los viejos políticos, considerados como impedimentos claros para el progreso social.

Sin embargo, la noción que tenían Los Leopardos sobre el progreso social era muy concreta: desde el seno del Partido Conservador, construyeron una plataforma política nacionalista, excluyente y elitista. Nombres como el de Silvio Villegas y Augusto Ramírez Moreno se convirtieron en sinónimos del radicalismo dentro de las filas conservadoras; sólo otro político, quien también empezaba su carrera en esos momentos, se convertiría en la representación de un proyecto aún más radical: Laureano Gómez.

Durante casi tres décadas la élite dirigente del conservatismo estuvo compartida entre Gómez y Los Leopardos, con un protagonismo particular de Villegas. Este político, manizalita y fundador del diario La Patria, consolidó lo que se conocía como el “estilo greco-quimbaya”, referencia a su retórica recargada y a sus evocaciones constantes a clásicos de la literatura, acompañadas siempre de encarnizados debates frente a sus contradictores políticos.

Desde La Patria y otros espacios, Villegas criticaba a la república liberal, aduciendo la decadencia moral y política de la que estaba siendo víctima el país. También alababan la labor represiva de la fuerza pública, e incluso felicitan al Ejército Nacional por su rápida reacción en la huelga de Las Bananeras, en Ciénaga, cuyo número de muertos es desconocido aún hoy. En lo internacional, Villegas y su grupo se declaraban fervientes seguidores del General Franco, y veían con agrado la emergencia y consolidación de los regímenes de Hitler y Mussolini.

Este estilo recargado, lleno de latinajos y referencias sumarias a teóricos de la política y el Estado, quiere tener otro representante moderno, un autodenominado intelectual que, desempolvando una piel de leopardo con un fuerte olor a naftalina, se ha convertido en el principal legitimador de la sociedad del miedo y la exclusión en la que vivimos.

Habrá que ver hasta dónde nos llevarán sus elaboradísimas disertaciones. Quisiera que, cuando lo lean o lo escuchen piensen que, tristemente, nada nuevo nos trae este sol.

Se escucha: Extra Astronomical - Klaxons

domingo, 24 de octubre de 2010

Palabra, poder y violencia: Clastres y el deber de la palabra

En 1974, en La Société Contre L'Etat, el antropólogo y anarquista Pierre Clastres realizó un breve análisis sobre la relación entre el lenguaje, el uso de la palabra, y el ejercicio del poder y la violencia. Aunque podemos discutir sobre sus alcances, así como proponer revisiones más exhaustivas sobre él, creo que vale la pena leerlo y analizarlo, en tanto que es explícito en señalar el carácter histórico y cultural del poder y del ejercicio sistemático de la violencia.

El deber de la palabra - Pierre Clastres


Hablar es, ante todo, detentar el poder de hablar. O más aún, el ejercicio del poder asegura el dominio de la palabra: sólo los amos pueden hablar, con respecto a los sujetos conminados al silencio del respeto, de la veneración o del terror. Palabra y poder mantienen relaciones de tal naturaleza que el deseo de una se realiza en la conquista del otro. Príncipe, déspota o jefe de Estado, el hombre de poder es siempre no sólo el hombre que habla, sino la única fuente de palabra legítima: palabra empobrecida, pobre pero rica en eficiencia, pues se llama mando y no quiere sino la obediencia del ejecutor. Extremos inertes por sí mismos, poder y palabra no subsisten el uno sin el otro, cada uno de ellos es sustancia del otro. Poder y palabra se establecen en el acto mismo de su encuentro. Toda toma de poder es también una ganancia de palabra.

Todo ello concierne en primer lugar a las sociedades fundadas en la división amos-esclavos; señores-sujetos; dirigentes-ciudadanos, etc. La marca primordial de esta división, su lugar privilegiado de despliegue, es el hecho masivo, irreductible, quizás irreversible, de un poder separado de la sociedad global en el que sólo algunos miembros lo detentan, de un poder que, separado de la sociedad, se ejerce sobre ella y, si fuese necesario, en contra de ella. Lo que aquí ha sido designado es el conjunto de las sociedades con Estado, desde los despotismos más arcaicos hasta los Estados totalitarios más modernos, pasando por las sociedades democráticas en las que el aparato de Estado, si bien liberal, no aloja menos en sí el amo lejano de la violencia legitimada.

Vecindad, buena vecindad de la palabra y del poder: he aquí que suena claro a nuestros oídos largo tiempo acostumbrados a la escucha de aquella palabra. Ahora bien, no se pude desconocer esa enseñanza decisiva de la etnología: el mundo salvaje de las tribus, el universo de las sociedades primitivas o aún - y es lo mismo - de las sociedades sin Estado, ofrece extrañamente a nuestra reflexión esta alianza ya revelada, para las sociedades con Estado, entre el poder y la palabra. Sobre la tribu reina su jefe y este igualmente reina sobre las palabras de la tribu. En otros términos, y particularmente en el caso de las sociedades primitivas americanas, el indígena, el jefe - el hombre de poder - detenta también el monopolio de la palabra. No es necesario preguntar a estos salvajes: ¿quién es su jefe? sino más bien: ¿quién de entre ustedes es el que habla? Amo de las palabras: numerosos grupos nombran así a su jefe.

No se puede pues, al parecer, pensar el uno sin la otra, el poder y la palabra, puesto que su vínculo, claramente metahistórico, no es menos indisoluble en la sociedades primitivas que en las formaciones estatales. Sin embargo sería poco riguroso ceñirse a una determinación estructural de esta relación. En efecto, el corte radical que divide a las sociedades, reales o posibles, según sean estatales o no, este corte no dejaría indiferente el modo de enlace entre poder y palabra. ¿Cómo se opera esto en sociedades sin Estado? El ejemplo de las tribus indígenas nos enseña.

En ellos se revela una diferencia, a la vez la más aparente y la más profunda, en la conjugación de la palabra y del poder. Esta diferencia radica en que si en las sociedades con Estado la palabra es el derecho del poder, en las sociedades sin Estado, por el contario, la palabra es el deber del poder. O bien, para decirlo de otro modo, las sociedades indígenas no reconocen a su jefe el derecho a la palabra por el hecho de ser su jefe: exigen del hombre destinado a ser su jefe que pruebe su dominio sobre las palabras. Hablar es para el jefe una obligación imperativa, la tribu quiere oírlo: un jefe silencioso ya no es un jefe.

Y que no se preste a equívocos. No se trata aquí del placer, tan vivo en muchos salvajes, hacia los bellos discursos, por el talento oratorio, por el afán de hablar. No se trata aquí de cuestiones de estética, sino de política. En la obligación de que el jefe sea hombre de palabra se advierte en efecto toda la filosofía política de la sociedad primitiva. Allí se despliega el verdadero espacio que ocupa el poder, espacio que no es el que pudiera creerse. Y es la naturaleza de este discurso cuya repetición la tribu vela cuidadosamente, es la naturaleza de esta palabra guía que nos indica el lugar real del poder.

¿Qué dice el jefe? ¿Qué es una palabra de jefe? Es, en primer lugar, un acto ritualizado. Casi siempre el líder se dirige al grupo cotidianamente, al alba o al crepúsculo. Extendido en su hamaca o sentado cerca del fuego, él pronuncia con voz fuerte el discurso esperado. Y su voz, por cierto, necesita potencia para hacerse oír. Nada de recogimiento, nada de silencio mientras habla el jefe, cada uno sigue tranquilamente, en sus ocupaciones como si de nada se tratara. La palabra del jefe no es dicha para ser escuchada. Paradoja: nadie presta atención al discurso del jefe. O más bien, se finge la desatención. Si el jefe como tal debe someterse a la obligación de hablar, las gentes a las cuales se dirige, en revancha deberán parecer no oírlo.

Y, en esencia estos no pierden, si es posible decirlo, nada. ¿Por qué? Porque literalmente, el jefe no dice nada. Su discurso consiste esencialmente en una celebración, numerosas veces repetida, de las normas de vida tradicional: "Nuestros antepasados se sintieron bien por vivir como vivían. Sigamos su ejemplo y de este modo llevaremos juntos una existencia tranquila". He aquí más o menos a qué se reduce un discurso de jefe. Comprendemos así que no es algo inquietante para aquellos a quienes va dirigido.

¿Qué quiere decir hablar en este caso? ¿Por qué el jefe de la tribu debe hablar para no decir nada? ¿A qué demanda de la sociedad primitiva responde esta palabra vacía que emana del lugar aparente del poder? Vacío, pues el discurso del jefe no es un discurso de poder: el jefe está separado de la palabra porque está separado del poder. En la sociedad primitiva, en la sociedad sin Estado, el poder no se encuentra del lado del jefe: de lo cual resulta que su palabra no puede ser palabra de poder, de autoridad, de mando. Un orden: es lo que el jefe no sabría dar, he aquí el tipo de plenitud rehusada a su palabra. Aquél jefe lo bastante loco para soñar, no tanto con el abuso de poder que no posee, sino con el uso mismo del poder, aquél jefe que quiere ser jefe, se lo abandona: la sociedad primitiva es el lugar del rechazo de un poder separado, puesto que ella misma y no el jefe es el lugar real del poder.

La sociedad primitiva sabe, por naturaleza, que la violencia es la esencia del poder. En este saber radica el cuidado constante por mantener separados uno de otro el poder y la institución, el mando y el jefe. Y es el campo mismo de la palabra quien asegura la demarcación y traza la línea de división. Constriñendo al jefe a moverse sólo en el elemento de la palabra, es decir, en el extremo opuesto a la violencia, la tribu se asegura que todas las cosas permanezcan en su lugar, que el eje del poder se reparta en el cuerpo exclusivo de la sociedad y que ningún desplazamiento de fuerzas venga a alterar el orden social. El deber de palabra del jefe, ese flujo constante de palabra vacía que debe a la tribu, es su deuda infinita, la garantía que prohíbe al hombre de palabra llegar a ser hombre de poder.

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